Biberón cervecero. Porque una buena educación empieza en casa

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Boca siempre abierta, esfínter siempre abierto, ojos siempre cerrados: las ventajas de ser un bebé superan con mucho a las de ser un adulto. La única pega es que la mayoría de establecimientos no te venden cerveza (porque no te entienden, ojo, no porque quieran cumplir la ley. Faltaría más).

El biberón cervecero intenta suplir esa carencia asumiendo que el bebé creerá en todo momento que está bebiendo cerveza, ya que el recipiente indica que, ciertamente, en su interior hay cerveza. Y un bebé no se anda con metáforas. Si lo pone es cierto. Como internet.

Si nos trasladamos a la vida adulta de dicho bebé descubriremos que el acto de beber cerveza en un bar es un gesto de amor a su infancia, un ejercicio de melancolía, un retorno a una época maravillosa por el simple hecho de que la responsabilidad era de otros. Si seguimos a ese bebé ahora adulto fuera del bar lo encontraremos haciendo eses hasta llegar a su hogar, donde unos padres ancianos le preguntarán dónde ha estado y le sugerirán que les eche el aliento. Se negará, claro (es un tipo digno), pero exigirá una cena caliente, la parte de la jubilación de los padres que debe administrar y no administra y los apuntes que debe estudiar para el examen del día siguiente del curso de cocina para solteros, al que se apuntó motivado por un programa de televisión que vio mientras buscaba trabajo y, por supuesto, una actividad sustituyó a la otra.

Finalmente se quejará. Y existe una probabilidad del 83% de que haga pucheros. No es del 100% porque, hey, estamos hablando de un tipo digno.

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