Manopla de plástico burbuja

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El poder del plástico burbuja está fuera de toda duda, como hemos podido comprobar en multitud de ocasiones. No hablo sólo de su resistencia, sino también de su capacidad de provocación para hacerte perder una tarde entera reventando burbujas y riéndote solo en un rincón de la casa con una luz cenital alargando las sombras de tu cara.

Pero dicha resistencia tiene un límite, y creo que un horno a 220 grados sobrepasa ese límite. Por eso la manopla de plástico burbuja no es de plástico burbuja sino de silicona. Es decir, uno la adquiere para engañarse y tener la sensación de que está rodeado de plástico burbuja. Es el equivalente al cigarrillo eléctrico para el fumador; una forma de superar el mono.

Lo que pasa con la mayoría de terapias contra adicciones es que uno se acaba enganchando a la terapia, así que nadie te asegura que no sufras la necesidad de comprar silicona y acariciarla, que está muy bien si ésta se sitúa bajo unos pechos turgentes pero es enfermizo si tienes que comprar la silicona líquida de la ferretería y hacerte cócteles. No hay nada peor que un yonqui sin estilo.

Visto en The Green Head

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