
Si tienes un hijo pequeñito que te da la tabarra porque quiere un portátil como el de papá o mamá, tienes tres opciones:
Una es comprárselo y olvidarte del problema durante unas horas hasta que la pantalla reviente o las teclas salgan rebotando. La segunda opción es no comprárselo y seguir aguantando la cantinela hasta que, en lugar de pedirte un portátil, se canse y te empiece a pedir un iPad o un móvil (por poner dos ejemplos).
Y la tercera opción es comprarle esta pizarra con forma de portátil y tenerlo entretenido unos minutos, justo hasta que se de cuenta de la infamia.
Tu eliges.





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