
La historia se podría resumir así: un tal Aaron Amatnieks tenía un cigarrillo, una cantidad ingente de tiempo y otra de piezas de Lego. Y se lió. Y acabó haciendo un dragón encaramado a un risco que escupe fuego gracias a una palanca oculta en alguna parte de la roca.
El dragón se llama Tormenta de fuego y a primera vista no parece que el fuego llegue a tomar contacto con las fauces; no sé cuánta resistencia al derretimiento deben tener las piezas de Lego, pero mejor no comprobarlo. Está claro que el dragón no es un mechero, o por lo menos no uno portátil; más bien de sobremesa, de colocarlo sobre las migajas y comentar los planes de la tarde (o sea, decidir qué camarera te va a soportar y por qué).
Tormenta de fuego se une así a toda una saga de objetos que lanzan fuego sin ton ni son, como la bicicleta anti-coches o el trombón lanzallamas. Ahora sólo nos falta saber por dónde se recarga el dragón una vez se le acaba el combustible, aunque creo que nos podemos hacer una idea.
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