
Tenía un amigo que, cada vez que tenía una "urgencia", se llevaba la guitarra al servicio. Nunca supimos si era porque la inspiración le llegaba mejor con los pantalones bajados o porque intentaba con el instrumento disimular ruidos peores.
Fuese para lo que fuese, esta manija para el váter le hubiese encantado dado que conjugaba a la perfección sus grandes aficiones. Y le hubiese costado menos de 32 Euros.
Lamentablemente los tiempos cambiaron para este amigo. Sí, señoras y señores, se pasó al órgano. No sabemos si porque se dió cuenta de que su solos de guitarra sonaban como el pedo o porque le entró una colitis y necesitaba un sonido más potente para acompañar sus conciertos en el Water Closet.
En fin... perdón por la escatológica batallita.
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