
El domingo pasado salí a dar un paseo matutino con el objetivo de encontrar al amor de mi vida o, en su defecto, un turrón. El caso es que durante el trayecto tuve que cruzar un parque con cartones de vino, gente de alfombra, preservativos fosilizados y un tipo aullando y me dije: "esta es la típica situación a lo Walking Dead en la que uno tiene que pasar desapercibido para salvar la vida."
Casualmente, cuando volví a casa descubrí que un tal Jorn (no confundir con Jarl) ha diseñado unos magníficos cartones de licor de medio litro, reciclables y muy cucos. Con ellos, Jorn pretende sondear la decisión de compra de los consumidores y dilucidar si las botellas podrían, en un futuro, ser sustituidas por los tetra-briks. Por lo menos ha tenido la consideración de no ponerles el tristemente famoso abre-fácil.
La verdad es que dudo que salgan adelante, pero si lo hacen, estos cartones formarán parte de mi próximo kit de camuflaje contra fiesteros torrándose al sol, que constará de uno de dichos cartones, con el que me rociaré, y un paquete de chicles para mandibular con disimulo. El resto será cuestión de imitar.
Visto en El barón rojo

Estamos ante un momento histórico, ese en el que uno se da cuenta de que el ingenio humano está por encima de todo lo demás. Supongo que habréis visto el típico metro de cerveza, un tubo gigante lleno de este elixir de los dioses salido de la tierra, con el que poder servirte la cerveza a tu gusto, pero el principal problema es la temperatura. Al fin y al cabo, una cerveza caliente no vale nada.


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