Los caminos por los que transita un coche de juguete en manos de un niño son diversos e incluyen paredes grumosas, mesas de cocina e incluso saltos al vacío con turbulencias que serían la envidia de Ryanair. Pero no hay nada que tiente más a un niño motorizado que la espalda de un padre echando una cabezada. Debe de ser por el sentido de aventura que instigan los omóplatos, esas dunas a veces selváticas que evocan carreras en el desierto y tipos con casco siendo devorados por tormentas de arena.

Ya que esta situación es inevitable, mejor aprovechar y enseñar al niño las leyes más básicas de la conducción, a saber: no salirse de la carretera, no aparcar en el interior de los escaparates y no imitar el sonido del motor al acelerar (recuerda que la ventanilla no te aísla del exterior, sólo evita que te despeines).

El precio ronda los 18 euros y está claro que hay que armarse de paciencia para dejar que el niño juegue un rato; no vale ponerse la camiseta durante diez minutos y luego mandar a la criatura a hacer preguntas insultantes a desconocidos. Así no funciona la paternidad.

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