La lengua es probablemente la parte del cuerpo que más sufre cuando uno es idiota. Se la congela con los helados, se la quema con los tés, se la muerde, prueba la nueva receta de alguien a quien antes de hacerle probar su cocina podía llamar amigo, y luego están esos sábados en los que el consumo alcohólico se dispara, alguien vomita, otro le sigue, tú sigues a ese otro y esa chica tan guapa también y luego te mira y, claro, no saltan chispas ni el viento le azota el cabello ni suena un coro de ángeles, pero tampoco vas a perder la oportunidad de solapar filetes porque no estás para rechazar propuestas, así que acabas besándola y descubres que un término tan repulsivo como "jugos gástricos" ha sido elegido con mucho acierto para representar a esos ácidos infernales. Ella también lo descubre, claro. O eso es lo que tú te crees, porque en el mismo momento en el que te has abalanzado sobre ella su mano ha rebuscado en su bolsillo interior haciendo alarde de una sorprendente habilidad dado su estado o, peor, de un dominio del tiempo sobrenatural, y en milésimas de segundo se ha colocado un preservativo bucal en la lengua para salvarse de todo contacto con un desconocido, ya que podría quedar encinta de un acento que no le guste y una chica de bien jamás volvería a casa con un acento que no sea el suyo por lo que puedan decir las malas lenguas.

Ese preservativo bucal que te ha humillado se llama Tongue Cover y en realidad está pensado para tomar medicamentos sin tener que sufrir el sabor de la mayoría de ellos, que es horrible en el mejor de los casos. Por sólo 20 euros se pueden recibir 30 de estas fundas que te ahorrarán el sufrimiento de saborear ciertas cosas. Y antes de que lo preguntéis diré que no: la Iglesia no se ha pronunciado al respecto de este preservativo, así que en principio todo el mundo puede usarlo sin ir al infierno, o yendo igualmente pero sin agravantes.

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