Las casas rodantes están evolucionando. Por ahora, la cabina parásito de Jenny Chapman y Paul Endres está fija, pero en el futuro la equiparán con cohetes para salir volando y acoplarse a otro edificio. Tiene instalados unos paneles solares en el techo para no tomarnos la molestia de robar luz a los vecinos, así que podremos dedicar todo ese tiempo a robarles cualquier otra cosa.

Personalmente echo en falta un acceso directo al bar de abajo en forma de trampolín o escalera de mano, así como un buzón (sólo para ver la cara del cartero).

Hay que decir que el tema de la ducha y los desagües no está contemplado; sería más bien una especie de desván donde guardar trastos, tirárselos a alguna amiga o, simplemente, un lugar apartado para invocar al diablo, jugar a la Ouija y sacrificar conejos a alguna deidad pagana sin sacrificar la posibilidad de pedir comida a domicilio.

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