Los osos: esas bestias feroces que suelen invadir poblados humanos para devorar a sus habitantes con el único objetivo de saciar su sed de sangre. No contentos con ello, arrancan la piel de nuestros hermanos y la usan como ropa, como trofeo para regodearse en su impía maldad.

Y yo digo basta.

Basta del dulce Winnie; basta de excusas baratas de no sé qué peligro de extinción; basta de distribuir tiernos ositos de peluche a nuestros infantes; es la hora de educarlos de verdad, la hora de enfrentarlos a la realidad para formar los guerreros del mañana, la hora de darles un oso de peluche de más de dos metros de alto. Es suave, sí, y parece un puff o una cama extraña, pero en realidad es un saco de boxeo. Nuestros niños agarrarán con fuerza ese poliéster, esa nariz de piel y esos ojos de plástico y el Jiu Jitsu hará el resto. El aspecto general del oso puede invitar a descansar sobre él o a dejarse abrazar para estar bien protegido, pero no hay que dejarse engañar sino usar esa inocencia a nuestro favor. Son ruines. Son peludos. Son osos. Y vienen a por nosotros.

Los 500 euros que cuesta en Hammacher Schlemmer son un inversión de futuro, del futuro de la humanidad. El entrenamiento debe comenzar ya si queremos estar preparados.

Visto en The Green Head

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