Desde la semana pasada hay en Xianyang, China, un tipo de apellido Wang dando vueltas con 300 kilos de monedas y una idea fija en la cabeza: comprar un coche. Por desgracia, ningún banco quiere tomarse la molestia de contarlas ni, por supuesto, ningún trabajador de concesionario. ¿Entonces? Pues entonces, nada: a seguir dando vueltas.

Por ahora, sólo un banco ha aceptado contar 15.000 de los 60.000 yuanes que cuesta el coche. El resto lo miran con desconfianza, y cuando lo ven llegar cierran la sucursal a cal y canto y colocan un cartel: "cerrado por epidemia de esguinces; vuelva más tarde, señor Wang".

Pero el señor Wang, comerciante de harina, no es tonto y sabe que es una mala época para exigir cosas a los bancos, tan ocupados como están hundiendo la economía global. No le importa esperar. Además, le gusta eso de "señor Wang", suena amable y sincero. Al fin y al cabo es el tipo con 300 kilos de monedas.

Así que nada, ahí sigue nuestro señor Wang; las persianas cerradas a su paso, deambulando con los sacos de monedas guardados en el maletero de su vehículo actual, del que se desconoce la opinión al respecto de todo este asunto.

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