Don Alipio el 7 de April del 2011

Dicen que la música amansa a las fieras pero, ¿también sería posible que, con su belleza, hiciera desistir a los malhechores de sus intenciones?
En el caso de una parada de "metro ligero", "tranvía", "cosa que va sobre raíles pero no es ni un convoy del metro ni un tren" o como se le llame de Portland, Oregón (EE.UU.) parece ser que sí.
Según las autoridades vagos, maleantes, drogainomaníacos y hombres de baja fibra moral campaban a sus anchas por la estación esa aterrorizando a los viajeros. ¿Cómo acabar con los delitos, pues?
El policía John Scruggs, poco amigo de medidas represoras y acostumbrado a ejercer en un barrio con poca inseguridad, leyó una vez que había ciudades en las que en las paradas de transporte público se podía oír música clásica para evitar que los viajeros fueran crispados al trabajo. Así pensó que quizá Mozart, Verdi, Puccini y toda la "pandi" podrían ejercer una influencia beneficiosa sobre los potenciales agresores.
Lo curioso es que desde que lleva instalado un altavoz que emite ese tipo de música los delitos prácticamente han dejado de producirse. Tan satisfechas están las autoridades que es posible que la medida se ponga en práctica en otras estaciones y paradas.
¿Qué ha ocurrido?, ¿de repente los delincuentes se han vuelto almas sensibles?, ¿o es que se van a otra parte a beber a morro de sus litronas, a escuchar su música satánica, demoníaca y monstruosa como el "javi" ese o el "bacalado"? La verdad es que no tenemos ni idea, pero mucho nos tememos que algún día los ladrones se adaptarán y volverán a la carga, eso sí, con bastones, chalecos y monóculos... o como la banda esa de la película "La naranja mecánica" esa de "Cubrish"...
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Don Alipio el 5 de April del 2011

Hay veces que uno no sabe cuando empieza lo raro y donde empieza lo trágico. Este es uno de esos casos.
Vamos a Oakland Park, Florida (EE.UU.) donde se estaba produciendo hace unos días un atraco en una sucursal del Bank of America. Una mujer de 32 años de edad llamada Renee Lee Green había metido la mano en su bolso afirmando que tenía un arma y exigía 10.000 dólares.
Sin embargo la cajera Helen Dunsford de 66 años, decidió plantarle cara, arrancarle el bolso de las manos y poner a la atracadora contra el suelo. ¿A que se debía este acto? Realmente no era valentía. Dunsford, una vez llevada Green ante la policía, declaró que no es que fuese especialmente valiente. Sencillamente lo que pasaba era que no tenía nada que perder pues tenía cáncer y le daba igual morir que seguir viviendo. Y además estaba de tan mala leche que no soportaba la idea de que la ladrona se saliese con la suya.
Todo un carácter del que las autoridades ya saben, pues Helen ya se las vió con la policía cuando el Ayuntamiento trató de llevarse de su jardín lo que ella consideraba recuerdos de 40 años de vida pero sus vecinos creían que era basura.
En fin, ¿una historia extraña, un tanto cómica y con trasfondo trágico?, ¿quién sabe? Quizá un relato como la vida misma: surrealista al fin y al cabo.
P.S.: Filosófico que está uno hoy, oiga.
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Don Alipio el 31 de March del 2011

Lo que iba a ser una divertida fiesta de pijamas para niños de entre 12 y 14 años en Brisbane (Australia) se convirtió en una terrorífica pesadilla.
Todo iba bien hasta que hacia la medianoche alguien llamó a la puerta de la casa donde los chavales, sin ningún adulto a la vista, celebraban el evento. Abrieron y se encontraron con Brett Hayes, un vecino de unos 50 años. Hayes pidió a los niños que algunos de ellos salieran con él "a dar un paseo". Por supuesto, los niños se negaron y le dieron con la puerta en las narices.
Pero eso no fue suficiente para el tipo. Brett marchó a su casa y al cabo de unos minutos volvió a la puerta portando un cuchillo de 30 centímetros, dando vueltas a la casa y gritando que alguien de los que había dentro "debía morir". Así pasaron los chicos, aterrados, unas largas tres horas.
Uno se preguntaría, ¿es que no fueron capaces de llamar a la policía? Pues sí, los chavales llamaron a la autoridad pertinente. Pero es aquí donde las cosas se enmarañan un poco: mientras algunos agentes aseguran que pasaron tres veces por el vecindario sin encontrar "fuente de disturbios", otros se disculpan diciendo que "se había dado prioridad a otros casos". Claro está, algunos padres piensan que lo que realmente sucedió fue que los policías creyeron que todo fue una broma de preadolescentes.
Cuando finalmente aparecieron los chicos de azul la cosa estaba a punto de ponerse violenta. Un enajenado Brett seguía blandiendo su cuchillo y no atendía a razones. Los policías tuvieron que advertirle tres veces que dejara en paz a los chavales, pero lo único que consiguieron fue que el vecino se abalanzara sobre los polis. Fue entonces cuando se decidieron a actuar... y pegaron un tiro al tipo en la ingle.
Ahora Brett está en el hospital. Suponemos que varios padres (a los que, por cierto, tampoco llamaron los chavales y no sabemos por qué) estarán esperándole a la salida.
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Don Alipio el 9 de February del 2011

Parafraseando a Juan Luis Guerra: eso le pasa por jugar en gallera.
Jose Luis Ochoa, residente en Delano (manda narices el nombre), California, resultó muerto al ser apuñalado por un gallo de pelea al que le había atado un cuchillo a sus patas para que resultara más letal en sus luchas (las del gallo, se entiende).
Al parecer el animal se rebeló ante la extrañeza del objeto y el empeño de Jose Luis. Así empezó, al revolverse, el ave clavó el arma en la pantorrilla de Ochoa. Este comenzó a desangrarse y los asistentes a la pelea, oliéndose la futura intervención de las autoridades, salieron corriendo sin avisar a una triste ambulancia.
Finalmente los médicos se presentaron, aunque demasiado tarde y nada se pudo hacer por Ochoa. Ignoramos qué hizo el gallo, aunque creemos que estos momentos se encuentra camino de la frontera.
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Don Alipio el 21 de January del 2011

Hola guapo, ven a ver mi arma
El único delito de Peter Karras (no confundir con el Pater Karras) fue darle al cuerpo de policía un poco de glamour.
¿Qué hizo? Sencillamente al terminar de hacer su patrulla subió a su coche, se fue a un lugar oscuro de Sidney (Australia), se quitó su uniforme, dejó su pistola en el asiento de atrás y procedió a ponerse sexy, sexy: se puso unos zapatos de tacón alto, un sujetador y uno de esos tangas que parecen más hilo dental que una prenda íntima.
La mala suerte, sin embargo, quiso que dos colegas suyos hicieran la ronda por los alrededores. Así que, al ir a saludar al compañero se encontraron con la extraña estampa. Además Pedro se había puesto el tanga de mala manera, así que iba enseñando su otra arma reglamentaria.
La cosa terminó mal. Karras no pudo convencer a sus colegas de que realmente lo que ocurría es que estaba dejando salir su parte femenina. Muy al contrario los otros agentes pensaros que Pedro quería ganarse una paga extra (ya me entendéis). Claro está, finalmente el pobre hombre acabó en comisaría.
Y es que siempre tiene que haber algún colega de trabajo de esos que traicionarían a un compañero... ¡qué desfachatez!
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