Don Alipio el 18 de Enero del 2010

En estos tiempos en los que todo el mundo tiene una licenciatura y un master estudiar mucho no es sinónimo de tener una gran vida el día mañana. Más bien parece la causa de una dolorosa muerte por puro cansancio.
Alejo, uno de nuestros lectores, preocupado por universitarios, opositadores, bachilleres y niños de guardería nos ha hecho llegar este dramático recorte. Como habéis leído un estudiante taiwanés de 28 años murió de agotamiento tras pasarse estudiando una larga temporada a razón de 16 horas diarias.
Nada de billar, nada de mus, nada de tiendas de comics, nada de autoerotismo… así es normal que el cerebro se resiente. Si a eso añadimos que el sujeto trataba de ingresar en la judicatura local lo que no nos extraña es que los sesos le acabaran convertidos en papilla.
Así que, estudiantes, pensadlo bien antes de abrir un libro de texto. Y recordad que al único estudiante al que le fue bien fue al que acompañaba a Curro Jiménez, porque se hizo bandolero, que es una manera de ganarse la vida muy honrada.
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Don Alipio el 9 de Diciembre del 2009

Un estudiante de química ucraniano (desconocemos la universidad y el nombre del afectado) fue encontrando en el laboratorio muerto y sin mandíbula.
Preguntados colegas, profesores y demás gente que había por allí reconocieron a un chaval que tenía una extraña costumbre: mojaba los chicles que mascaba en ácido cítrico para alargar el sabor de estos.
¿qué pudo pasar entonces? Alguno podría pensar que, de tanto mojar el chicle en ácido, este acabó por corroer la boca del muchacho. Pero recordamos que era ácido cítrico: sería como decir que a mí se me va a caer la cara por comerme el limón de los cubatas.
Sin embargo alguien reparó en que junto al ácido cítrico había una sustancia similar pero desconocida. Al parecer un explosivo.
Ya os podéis imaginar lo que pasó: el estudiante, absorto en el estudio de las propiedades de algún compuesto se saca el chicle de la boca y, sin mirar, lo moja en un líquido que cree que es el ácido. Acto seguido comienza a darle a la mandíbula y… ¡BOOOM!… ¡a mascar malvas!
Claro, esto nos suena un poco raro. ¿qué hacía el explosivo tan cerca del ácido cítrico?, ¿por qué no se describen fragmentos de hueso de mandíbula desperdigados por ahí?, ¿por qué ni siquiera se menciona la universidad o instituto donde tuvo lugar el suceso?
Quizá se trate de una campaña para evitar el consumo de chicle. O el consumo de explosivos, quien sabe.
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Don Alipio el 31 de Mayo del 2009

Un amigo mío solía decir “Madre no hay más que una… ni cuerpo que lo resista”. Se quejaba así de lo controladora que era la suya y de que esta siempre quería tenerle localizado. Creo que, después de leer esto, pensará que lo de la buena señora no era para tanto.
Expliquémonos: a la derecha tenemos a Rachel Wilder, londinense mujer de 53 años; al lado están dos chicos, uno de los cuales es su hijo Harry (creemos que es el chaval sentado en el techo del coche, con cara de fastidio), de 19 años. Pues bien, el chaval decidió tomarse una temporada sabática para ver mundo, más concretamente Sudáfrica, Tailandia y Australia.
Si ya una madre se preocupa cuando su hijo se va de la ciudad un par de días, imagináos cómo se puso Rachel cuando se dio cuenta de que su retoño se iba a pasar 12 meses a miles de kilómetros de distancia. Afortunadamente (para ella) descubrió que la tecnología GPS podía ayudarle. Le compró un dispositivo Traakit (una cosa del tamaño de una tarjeta de crédito) que le permite saber en todo momento si su hijo está dando una vuelta por Melbourne, visitando un museo o en algún motel. En el caso de que el chaval esté en un lugar que no le guste a mamá, ella puede mandarle un SMS advirtiéndole de malas compañías o lugares peligrosos.
Preguntado por la vigilancia de alta tecnología a la que le somete su madre, Harry dice que está muy contento (suponemos que la sonrisa es forzada) ya que, en el caso de que sea secuestrado en Tailandia, Rachel podrá actuar en consecuencia. Eso sí, también admitió que, en el caso de que no quiera que su madre sepa dónde está, deja el dichoso dispositivo en el coche.
Claro, pensad que un día Harry se encuentre acarameladísimo con una australiana tipo Imogen Bailey y de repente recibe un SMS en el que pone “ten cuidado con esa, que he visto fotos suyas en el Facebook y tiene pinta de pelandrusca”.
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Amy el 16 de Marzo del 2009
Hay algunas academias que se toman su trabajo muy a pecho. Tanto, que les da igual si los alumnos quieren aprobar o no, porque tienen muy claro que lo harán aunque sea con amenazas y, para que no haya dudas ni represalias posteriores, lo dejan muy claro en un cartel a la entrada: “Tú aprobarás aunque no quieras”.
Los padres deben estar encantados, pero seguro que a más de un estudiante le tiemblan las piernas cada vez que cruza la puerta. Si a alguien le interesa la academia, está en Madrid.

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Don Alipio el 5 de Diciembre del 2008

Los estudios están para resolver dudas, otras veces están para hacer daño y hurgar en la herida.
Y es que un estudio realizado por la revista Sexual Health entre estudiantes de Sidney de edades comprendidas entre los 16 y 25 años ha revelado que los que menos relaciones sexuales tienen son los chicos de ciencias. Al otro del especto, es decir, las que más relaciones tienen, se han situado las chicas de Bellas Artes.
Por supuesto y ante la avalancha de chicos que podrían pasarse de estudiar física a asistir cada día a clases de arte de vanguardia, el psicoterapeuta Stephen Carroll ha echado balones fuera y ha declarado que si los de ciencias de Sidney son los que menos “lo hacen” se debe a que muchos estudiantes extranjeros van a dar clase a la universidad de Sidney (sí también chavales de 16 años) y, por lo tanto, hay un choque cultural que impide su relación con otras personas. Vamos, una teoría muy bien argumentada y con peso.
Para otros muchos la razón es que los estudiantes de ciencias se dedican por entero a su trabajo en lugar de ir de fiesta en fiesta esperando enrollarse con alguien.
Por supuesto, no sabemos si a los interesados en la sexología (que también es una ciencia) les pasará lo mismo. Pero a día de hoy somos muchos los que nos consolamos pensado que, aunque una carrera de letras no nos haya dado trabajo, al menos ha servido para contribuir a la especie.
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